{"id":164,"date":"2019-04-12T11:52:12","date_gmt":"2019-04-12T16:52:12","guid":{"rendered":"https:\/\/vidasenprosa.com\/?p=164"},"modified":"2019-11-04T13:06:07","modified_gmt":"2019-11-04T18:06:07","slug":"trompetas-celestiales-parte-1","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/vidasenprosa.com\/it\/trompetas-celestiales-parte-1\/","title":{"rendered":"Trompetas celestiales (Parte I)"},"content":{"rendered":"<p class=\"has-text-color has-very-dark-gray-color wp-block-paragraph\">Do\u00f1a Rosa barr\u00eda su terraza de izquierda a derecha, una y otra vez, sin dejar que se depositara ni un solo granito de polvo o arena, levantado inevitablemente por cientos de mototaxis que cada d\u00eda sub\u00edan y bajaban del cerro a la ciudad. Y al encontrarse su casa en una monta\u00f1a de desierto, no se trataba de una tarea tan simple. Cuando Do\u00f1a Rosa o\u00eda a lo lejos toser el motor de un mototaxi, sonido que se aparentaba al de una trompeta resfriada, aferraba de inmediato su escoba y se precipitaba afuera dejando perplejos y medio asustados a los conductores que tem\u00edan estar apunto de recibir una paliza. Su peque\u00f1o televisor segu\u00eda transmitiendo entre sobresaltos, como el electrocardiograma de alguien a punto de tener un infarto, las escenas de la \u00faltima telenovela que la hab\u00eda enganchado. Probablemente el final del televisor tampoco estaba tan lejano. A veces Do\u00f1a Rosa lograba reanimarlo, teniendo mucho cuidado de desplazar su antena con una precisi\u00f3n casi quir\u00fargica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-color has-very-dark-gray-color wp-block-paragraph\">No era el \u00fanico objeto antiguo que adornaba su humilde mansi\u00f3n. Pero eso s\u00ed, todos estaban impecablemente relucientes. En todos los cuartos se respiraba un olor de lej\u00eda mezclada con lavanda. En general, se pod\u00eda decir que el interior de su casa era un ambiente c\u00e1lido y acogedor. No ten\u00eda ni una pizca de huachafer\u00eda, y todo hac\u00eda pensar que hab\u00eda sido elegido escrupulosamente, hasta en los detalles m\u00e1s sutiles, con un gusto un poco obsoleto, es cierto, pero con la intenci\u00f3n de lograr una armon\u00eda que efectivamente se pod\u00eda palpar. Los colores combinaban bien el uno con el otro y predominaba el morado que era el color que pertenec\u00eda al santo de su devoci\u00f3n. No hab\u00eda nada que desentonara. Los cuadros y fotos familiares, los mil y un tapetes tejidos a croch\u00e9 por ella misma, los adornos en cer\u00e1mica. Cada cosa era tal como (o casi) se la hab\u00eda imaginado Do\u00f1a Rosa, cuando a\u00fan se llamaba solo Rosa, o Rosita. <\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-color has-very-dark-gray-color wp-block-paragraph\">Rosita era la menor de cinco hermanos y como ella era la \u00fanica que a\u00fan no iba al colegio, su mam\u00e1 ten\u00eda que llevarla consigo al trabajo. Cada ma\u00f1ana despertaban a las cuatro de la madrugada. Luego de haberse ba\u00f1ado, la mam\u00e1 volv\u00eda a llenar el balde con agua fr\u00eda y lo echaba en la cabeza de Rosita. Mientras sus dientes segu\u00edan tiritando, la mam\u00e1 le alcanzaba ropa limpia y sol\u00eda repetir que la dignidad es una de las pocas cosas que, a Dios gracias, no se debe de comprar, aunque s\u00ed se pueda vender. Pero esa parte del refr\u00e1n, Rosita solo la entender\u00eda mucho tiempo despu\u00e9s. El mismo d\u00eda que entendi\u00f3 que cuando tienes hambre y no comes, el hambre te come a ti. Limpias e inmaculadas, bajaban hasta el paradero m\u00e1s cercano para coger el primer bus. A las ocho en punto, ten\u00eda que presentarse en casa de los Salas, Castro o Rodr\u00edguez y si demoraban un solo minuto m\u00e1s, corr\u00edan el riesgo de quedarse sin desayuno. <\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-color has-very-dark-gray-color wp-block-paragraph\">Mientras su mam\u00e1 barr\u00eda, trapeaba, pasaba la cera en el parqu\u00e9 de madera de cedro, tend\u00eda las camas con s\u00e1banas de lino y lavaba la ropa, Rosita se dedicaba a sacar el polvo de uno a uno los fr\u00e1giles adornos que la due\u00f1a de la casa coleccionaba y que proven\u00edan de todas partes del mundo. \u201cTen cuidado con esa l\u00e1mpara, me la trajeron de Estados unidos. Y ese florero lo compr\u00e9 en mi \u00faltimo viaje a Europa, no lo manosees mucho\u201d, repet\u00eda la se\u00f1ora Salas, Castro o Rodr\u00edguez mientras Rosita los agarraba fuerte entre sus manitos y su mente se iba a esos lugares, pregunt\u00e1ndose si alg\u00fan d\u00eda podr\u00eda conocer esos pueblos de nombres raros que quedan en alg\u00fan planeta cerca de la Luna. <\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-color has-very-dark-gray-color wp-block-paragraph\">Eso lo asumi\u00f3 por lo que un d\u00eda le contest\u00f3 su mam\u00e1. Al preguntarle si ellas tambi\u00e9n pod\u00edan viajar a Europa y comprar esas hermosas decoraciones para la casa, ella se ri\u00f3 y le dijo: \u201cEuropa para nosotros es tan inalcanzable como la Luna.\u201d Rosita frotaba con un pa\u00f1o h\u00famedo y mucha premura todos esos objetos \u201clunares\u201d, hasta hacerlos brillar y poder ver su reflejo, y mientras se miraba fijamente era cautivada por la idea de que, creciendo, llegar\u00eda a tener una casa tan refinada como aquella. No le importaba, incluso si ten\u00eda que irse hasta la Luna a pie, lo habr\u00eda hecho. <\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-color has-very-dark-gray-color wp-block-paragraph\">Hasta hace unos a\u00f1os, Do\u00f1a Rosa hab\u00eda vivido en una casa muy com\u00fan, igualita a las muchas otras que estaban apoyadas sobre los hombros de los cerros como guirlandas de colores. Pero, desde que su esposo hab\u00eda fallecido, Do\u00f1a Rosa se dedic\u00f3 a convertir su hogar en el m\u00e1s bello de todo el barrio y es as\u00ed como ya lo conoc\u00edan, como \u201cla casa m\u00e1s linda de todo el cerro\u201d y, por supuesto, todos sab\u00edan que pertenec\u00eda a la viuda Rosa. <\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-color has-very-dark-gray-color wp-block-paragraph\">Su fama fue creciendo junto a la de su casa. Toda su vida la hab\u00eda pasado atendiendo a alguien. Primero a los empleadores, luego a su esposo y en fin a sus tres hijos, todos varones. Ahora que su pobre marido, que en paz descanse, ya estaba en los cielos y sus hijos hab\u00edan crecido y eran atendidos por las manos m\u00e1s j\u00f3venes, aunque m\u00e1s inexpertas, de sus esposas, ella por fin ten\u00eda el tiempo de cumplir el sue\u00f1o de su ni\u00f1ez. Era demasiado anciana para trabajar, sus dedos se hab\u00edan vuelto demasiado lentos y ya nadie estaba dispuesto a contratarla. Pero la pensi\u00f3n social de su esposo nunca hac\u00eda faltar un pedazo de pan en su mesa y sus hijos la ayudaban como pod\u00edan. Ya desde afuera la casa de Do\u00f1a Rosa se presentaba distinta y parec\u00eda una foto recortada de alguna revista y pegada con cinta adhesiva encima del cerro. <\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-color has-very-dark-gray-color wp-block-paragraph\">La terraza era adornada con lindas y agraciadas macetas de plantas, geranios y violetas, como en ninguna otra casa. Ella las regaba con amor y paciencia todos los d\u00edas, frente a los ojos juzgantes y esc\u00e9pticos de algunas vecinas que no entend\u00edan c\u00f3mo pod\u00eda darse tanta molestia por hacer crecer la vida en un desierto, como si fuera algo il\u00f3gico o casi innatural. Pero a ella, esas miradas la llenaban de orgullo porque le recordaban con nostalgia las sabias palabras de su madre: \u201cLa dignidad no se compra\u201d. Si no la tienes, as\u00ed tengas toda la plata de todos los Salas, Castro o Rodr\u00edguez del mundo, de nada te servir\u00eda. A los ni\u00f1os del barrio les encantaba pasar por delante de la casa de paredes verdes y flores en el balc\u00f3n, porque al hacerlo eran invadidos por un dulce sentimiento de desorientaci\u00f3n. Se sent\u00edan en un lugar ajeno y sent\u00edan crecer en ellos un anhelo extra\u00f1o, in\u00e9dito, pero que los apaciguaba con la imagen de un futuro tan bello como los geranios de Do\u00f1a Rosa. <\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-color has-very-dark-gray-color wp-block-paragraph\">Un d\u00eda oy\u00f3 el motor de un veh\u00edculo aproximarse y, como de costumbre, sali\u00f3 afuera con su fiel escoba. Pero al salir se dio cuenta de que no se trataba del und\u00e9cimo mototaxi. Era una camioneta de lunas polarizadas y mientras se preguntaba si no se hubiese metido a esas calles por error, del carro estacionado baj\u00f3 su hijo menor Gilberto gesticulando y moviendo sus brazos como si fuera a huir de un incendio. Pero prest\u00e1ndole m\u00e1s atenci\u00f3n, Rosa se percat\u00f3 de que en una de sus manos estaba apretando un pedazo de papel. Gilberto corri\u00f3 a abrazar a su madre, la bes\u00f3 y, despeg\u00e1ndola del suelo como una mu\u00f1eca de trapo le dio vueltas hasta marearla. Do\u00f1a Rosa estaba algo enfadada porque detestaba que la cogieran desprevenida. Sin embargo, se dej\u00f3 contagiar por la alegr\u00eda de Gilberto y hasta se olvid\u00f3 del polvo que la camioneta hab\u00eda levantado y que orbitaba alrededor de ellos.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-color has-very-dark-gray-color wp-block-paragraph\">Continuar\u00e1&#8230;<br><\/p>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Do\u00f1a Rosa barr\u00eda su terraza de izquierda a derecha, una y otra vez, sin dejar que se depositara ni un solo granito de polvo o arena, levantado inevitablemente por cientos de mototaxis que cada d\u00eda sub\u00edan y bajaban del cerro a la ciudad. 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